psicologia_del_tirano

 

Gobierno-sequía-precios, la tormenta perfecta

20100502 PERFIL La batalla K con el campo costó US$ 18 mil millones

"Otra victoria así y estaremos completamente perdidos". La célebre frase del rey Pirro (hace más de dos mil años) bien puede aplicarse a la cruzada que encaró Néstor Kirchner tratando de "arrodillar" al agro.

 Néstor Kirchner saluda a sus partidarios hace unos días en Malvinas Argentinas. La plata perdida en la pelea con el campo ya le salpica los zapatos.

La presente campaña agropecuaria será la peor en años y dejarán de ingresar al país unos 18.000 millones de dólares, por lo que el Estado dejará de percibir más de 5.000 millones por retenciones a las exportaciones del sector. Así lo aseguró un informe de la Federación Agraria Argentina (FAA), que remarcó que en la campaña 2007/2008 el complejo sojero produjo ingresos en concepto de valor de exportación por 21.978 millones de dólares. En la campaña 2008/2009 se estima que los ingresos serían de 10.650 millones de dólares, lo que significará una reducción de divisas de 11.328 millones.

En el caso del trigo, en la campaña 2007/2008 el valor de exportación fue de 3.183 millones de dólares. En esta campaña es de 645 millones de dólares, es decir, 2.538 millones de dólares menos. El maíz no escapa a la anterior tendencia, ya que el valor de exportación de la campaña pasada fue de 3.200 millones de dólares, mientras que en la presente fue de tan solo 960 millones, siendo la diferencia negativa de 2.240 millones. Al sumar el valor de exportación del complejo sojero y girasolero con el del trigo, el maíz y el sorgo, la campaña 2007/2008 produjo divisas por 31.989 millones de dólares, de los cuales el Estado en concepto de retenciones se quedó con 9.430 millones.

En la actual campaña se produjo un valor de exportación de 13.836 millones de dólares y por retenciones el Estado se quedaría con 4.203 millones de dólares. Así, el ingreso de divisas del conjunto del sector granario nacional, comparando las dos campañas se redujo en 18.153 millones de dólares y el Estado recaudaría por retenciones unos 5.227 millones de dólares.

El informe de la FAA concluyó así que "la realidad agroeconómica y financiera del sector no podía ser peor", y subrayó que "la presente campaña está arrojando cifras que superan los pronósticos más pesimistas". Es que habrá 11 millones menos de toneladas de soja; 8 millones menos de trigo; 9 millones menos de maíz; y 2 millones menos de girasol.

De esta manera, solamente con estos cuatro cultivos la merma en el volumen de producción de granos llegaría a más de 30 millones de toneladas. Según estimaciones oficiales y privadas de las 97 millones de toneladas de granos correspondientes a la última campaña 2007/2008, se pasaría a una cosecha global de 67 millones, 30 por ciento inferior. Con estos números, la actividad se retrotrae a la campaña 2000/2001.

"El escenario no podía ser más complicado. Las razones giran sobre lo mismo: el conflicto agropecuario, la deficiente política agropecuaria del Gobierno, la ausencia de diálogo y consensos, la voraz política impositiva, el factor climático -que produjo un descenso brusco en los rendimientos de los cultivos-, la caída de precios en el ultimo año, la falta de respuesta del Gobierno para paliar los efectos de la sequía", destacó el análisis.

Asimismo, los márgenes brutos, es decir los ingresos netos menos los costos totales, en campos arrendados en soja indican que los productores están perdiendo 200 dólares por hectárea. En trigo y en campo propio los productotes están con los números negativos en 100 dólares promedio.

 Elecciones 09

20090503 perfil. Luis Juez se comparó con Demi Moore

Qué dijo el candidato a senador por Córdoba. Las "propuestas indecentes" que recibió.Sus declaraciones contra los K.

"Estoy 20 puntos arriba en las encuestas y parezco Demi Moore, usted no sabe las propuestas indecentes que he tenido, para financiar la campaña electoral", declaró hoy el líder opositor cordobés Luis Juez, quien por otra parte fustigó: "Tenemos que tolerar que se levante (Néstor) Kirchner en pantuflas en Olivos y nos diga que si no la votamos a Cristina (Fernández), volvemos a diciembre de 2001".

No obstante, Juez dijo haber rechazado esas ofertas, porque su agrupación, el Frente Cívico -que lideraría las encuestas para las elecciones legislativas del 28 de junio en Córdoba-, "hizo de la decencia una bandera irrenunciable", destacó en declaraciones a Radio Diez.

Justamente, Juez tomó la iniciativa de vender huevos y organizar cenas para financiar la campaña del Frente Cívico, que estaría por encima del Justicialismo, del gobernador Juan Schiaretti, y del radicalismo, que no quiso aliarse con el ex intendente.

Por otra parte, al aludir a un supuesto triunfo de la oposición en estos comicios, expresó: "Va a ser maravilloso un Parlamento controlado, en el que la presidenta (Cristina Kirchner) tenga que pedir permiso". Finalmente, Juez declaró: "Si no te gusta Cristina y lo único que hacés es cambiar los canales con el control remoto, no es así. Hay que poner huevos, ir el 28 de junio, fiscalizar, para que a los partidos minoritarios no les choreen las boletas, y votar en contra"

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Entrevista en la Feria del libro a Marcos Aguinis

20090503 PERFIL “Kirchner tiene la psicología del tirano” Jorge Fontecchia

“Como él se está enriqueciendo, no se da cuenta de que está empobreciendo al país.” “Aquí existe una intradictadura donde Kirchner es un padre golpeador.” Decenas de afirmaciones de este tipo se desparraman a partir de la página 38, mientras que la primera mitad del reportaje fue sobre sus libros. El escritor pidió que Fontevecchia presentara su última obra y el director de PERFIL contrapropuso realizar este reportaje ante su audiencia.

 “¡Pobre patria mía!”. “Me dijo un amigo: ‘Marcos, lo que más admiro de tu libro es la cantidad enorme de puteadas que te mandás sin decir una sola mala palabra’.”

(Al público: El libro que presentamos hoy en la Feria del Libro: ¡Pobre patria mía!, tiene 200 mil caracteres. Un reportaje de los que publica el diario PERFIL los domingos tiene 120 mil caracteres de desgrabación y la mitad una vez “desgrasada” la repetición propia del lenguaje oral. Normalmente, hacerlo lleva tres horas y cien preguntas, pero apelando al lenguaje más preciso y menos redundante de Marcos Aguinis, intentaremos hacerlo hoy aquí frente a ustedes en una hora y media. Son 56 preguntas divididas en 28 al escritor y otras 28 al pensador político. Comenzamos.)

—¿Qué dice de la Argentina que el escritor de los libros más vendidos del país sea un psicoanalista?

—Que el argentino necesita un tratamiento psicológico profundo, intenso, sostenido.

—Para Freud, la psicología era la ciencia que explicaba racionalmente lo irracional. ¿Tenemos un país irracional cuya interpretación precisa provenir del psicoanálisis?

—Es posible. Por alguna razón el psicoanálisis ha tenido tanto éxito en la Argentina. Es una sociedad que lo descubrió después de la Segunda Guerra Mundial y que adhirió a esta ciencia con mucho entusiasmo. Se desarrolló más que en cualquier otro país. Lo que ocurre es que los argentinos somos un pueblo muy especial. Especialmente en materia de depredación. Entonces, este hecho de que el psicoanálisis tuvo tanto éxito en la Argentina no ha significado un mérito para el psicoanálisis. Es como decir “el psicoanálisis no funciona muy bien, porque miren cómo le va a la Argentina”.

—¿Que nuestro país tenga una de las ferias del libro más concurridas del mundo indicaría también que la Argentina es “un país de novela”?

—Es un país de novela porque, como toda novela, nos mantiene siempre inquietos sobre el final. Aquí hay un permanente suspenso. El suspenso se ha incrementado en los últimos meses de una manera acelerada, como si se estuviese en un verdadero thriller. Cada semana hay una novedad que excita más a la sociedad y la pone más nerviosa.

—El primer volumen de “El atroz encanto de ser argentino” (dicho sea de paso, superó los 200 mil ejemplares vendidos) apareció medio año antes de que comenzara la crisis terminal de la convertibilidad y un año antes del peor momento político y económico del país. El segundo volumen apareció alrededor de medio año antes de la crisis del campo y un año antes del fin del ciclo de recuperación económica del país. ¿Tiene una especialización en crisis?

—Hace muchos años, cuando publiqué mi primera novela, Refugiados: Crónicas de un palestino, una década después se lo empezó a llamar libro profético porque había anunciado lo que nadie se animaba a anunciar en aquella época. Fue un libro escrito antes de la Guerra de los Seis Días y ya hablaba de la división de Palestina en dos Estados. No olvide que por ser judío tengo sangre de profetas. Y eso tal vez esté en los genes más arcaicos.

—¿De tanto escribir en medios desarrolló olfato periodístico?

—Puede ser. Pero yo diría que esto se fue desarrollando últimamente. Empecé a escribir en medios hacia finales de la dictadura. Fueron los momentos en que decidí dar la cara, jugarme y empezar a hablar a favor del retorno de la democracia. Y ahí comienza mi historia en el periodismo. Yo no soy periodista, no tengo formación, ni entrenamiento periodístico. Escribo columnas periodísticas, pero comencé hace poco (sic), hace dos o tres décadas.

—Hablando de décadas, desde que comenzó, en 1963, lleva publicados 30 libros, a razón de uno cada dieciocho meses. ¿Qué fuerza lo hace tan prolífico?

—Primero, usted es muy bueno para las matemáticas. A mí no se me había ocurrido ese cálculo. Yo me pregunto ahora cómo hacía para escribir antes, cuando era neurocirujano o cuando atendía un consultorio donde estaba sumergido ocho a diez horas diarias. Y no puedo contestarlo. Pero quizá la respuesta más lógica sería que cuando a uno le gusta algo, le encuentra tiempo.

—¿A qué atribuye que la mayoría de sus últimos libros sean best seller?

—Me parece que lo que el lector ha descubierto en mis libros es que yo digo lo que pienso. Que eso me lleva a ser políticamente incorrecto, a irritar, a ser desagradable a veces. O a entusiasmar también. Argentina es un país que padece tanto el doble discurso, la mentira, la falsedad, el fraude, que los lectores agradecen eso, que el autor les hable con franqueza. Y yo hago esto porque cuando escribo sé que lo hago para compartir ese texto con otra persona. No escribo para mí, escribo para otro. Si son muchos, mejor. Y con esos otros debo compartir lo que yo siento, de lo contrario se me irían las ganas de escribirlo, porque estaría diciendo algo que es falso, y no me entusiasma a mí mismo.

—¿Hizo el secundario en la misma escuela que el Che Guevara?

—Sí. En Córdoba, en el Colegio Nacional Deán Funes, que era un colegio bastante rebelde para aquel tiempo, donde, cuando yo entré, recién se estaba suprimiendo el uniforme. Se iba con un saco especial con un escudo. Yo lo viví en la época de la primera presidencia de Perón, y ya había pasado por ahí, unos años antes, el Che Guevara.

—¿Con quien también coincidió en los estudios de medicina?

—Pero el Che hizo la Universidad en Buenos Aires.

—Usted sostiene que ha viajado por el mundo, pero también ha “viajado” por diversas profesiones. ¿En cuál de todas ellas, como literato, médico, psicoanalista, historiador, artista, profesor o político se sintió más a gusto y por qué?

—En mi adolescencia percibía una necesidad de expresión artística muy intensa. Pero no sabía por dónde orientar esa fuerza interior. Lo primero que hice como manifestación artística fue dibujar y pintar. Llegué a un estado de obsesión tan grande que en Cruz del Eje, que es una zona muy seca, donde hay mucho polvo por todas partes, me acuerdo que mi madre me retaba porque siempre encontraba dibujos míos en todos los muebles, en todas las superficies horizontales, hechos sobre el polvo. Pero además dibujaba en los bordes de los libros, en los márgenes de los diarios. Es decir que todo espacio libre era llenado inmediatamente por un dibujo. A los diez años pensé que quizá la música era lo que mejor me llevaría a expresarme, y ahí comienzan mis estudios de piano. Muy intensos, muy obsesivos también, yo diría fanatizados. Para colmo, mis padres eran muy pobres y no podían comprarme un piano. Entonces iba a estudiar a la casa de mi profesora de piano, que tenía dos. Arreglé con ella para ir a su casa en momentos en que no hubieran otros estudiantes para poder quedarme más tiempo. El momento óptimo era el sábado, cuando teníamos un doble turno en el colegio. Yo volvía, me bañaba, y me iba a tocar piano. Llegaba a eso de las cinco de la tarde, y tocaba, tocaba, tocaba hasta que venían mis padres a buscarme, preocupadísimos, a las diez de la noche, que no sabían dónde estaba. Yo creí que esa era mi profesión, la de músico.

—¿Estudió medicina para conocer mejor al ser humano?

—Sí. Yo tenía serias dificultades vocacionales. Y esto lo suelo recordar a gente joven que a veces me pregunta qué profesión elegir. Yo tenía muchas opciones. Ya me gustaba la historia, muchísimo. Me gustaba la literatura y había empezado a escribir mis textos clandestinos; además de la música y la pintura. No sabía qué carrera elegir y opté por la medicina diciendo “es lo más abarcativo que hay”. En aquella época leí una frase de Marañón, el famoso endocrinólogo español que fue al mismo tiempo un gran escritor. Decía Marañón: “El médico que sólo sabe medicina ni medicina sabe”. Y dije: “Ahí está la clave, la medicina te acerca a todo”. Además, yo todavía vivía la época en la que el médico era un humanista. Era un hombre que estudiaba y sabía de todo, y tenía una gran cultura. Me fascinaba ser médico, y mis estudios todavía engancharon con la etapa en que ir a la universidad era ir a un templo donde estaban los maestros. Y entrar a un hospital era ingresar a un lugar donde no había graffitis, ni suciedad en los pisos, sino un gran respeto. Y uno iba detrás del profesor que podía enseñar algo notable, y se acercaba a él como si por ósmosis pudiera transmitir sus conocimientos.

—Completó sus estudios en Francia en el Hospicio de la Salpétrière, por donde pasaron Charcot, Freud y Lacan, y luego en Alemania, en Friburgo, donde está la famosa universidad de la que Heidegger fue profesor hasta los años 70, y desde la cual influyó, por ejemplo, sobre Sartre y Derrida. ¿Esa experiencia iniciática –por ejemplo, en la Salpétrière estuvo alojado Sade durante la Revolución Francesa– influyó luego en su carrera como escritor?

—Cuando gané la beca para ir a Francia y perfeccionarme en neurocirugía en la Salpétrière, me sentí profundamente conmovido de ir a un lugar que históricamente tenía tantas credenciales…

—Había sido el mayor hospital del mundo.

—Sí, y había un servicio de neurocirugía que tenía grandes avances, e, incluso, estaban tratando de realizar la psiconeurocirugía. Es decir, una cirugía de extremada sutileza y precisión que lograra operar ciertos centros del cerebro que tenían una función psíquica especial. Y se pensaba que de esa manera se podía curar no sólo la epilepsia –que todavía se sigue haciendo neurocirugía para la epilepsia– sino la esquizofrenia, la depresión, distintos problemas psicóticos. Antes de viajar a Francia, había leído un libro de él de neuropsicocirugía que me entusiasmó mucho, y fui a hacer esa especialidad. Participé en operaciones de pacientes a los que había examinado antes y les había hecho el estudio psicológico. Y me encontraba con que seis meses después los síntomas habían regresado. Es decir que la operación funcionaba como una suerte de electroshock: producía un trauma cerebral en el paciente, pero no le curaba el trastorno. Y ahí me decepcioné y dije: “No, éste no es el camino”. En esa misma época comenzaron a aparecer los psicofármacos. Creo que el Ampliactil era uno de los primeros de ese tiempo. La psiconeurocirugía se fue abandonando como una ambición utópica.

—Su primer libro fue publicado en 1963, cuando tenía 28 años, la biografía de un médico: el célebre Maimónides, médico, filósofo y rabino más renombrado de la Edad Media. ¿Es cierto que se había identificado con él como si fuera su reencarnación al punto de asociar que Maimónides había nacido en la Córdoba española y usted en su homónima argentina?

—Sí, es cierto. Dijo bien que fue publicado en 1963, cuando yo volví de Europa. Pero lo escribí mientras era estudiante de medicina. Y lo entregué a varias editoriales que lo rechazaron con mucha prolijidad, cordialidad y firmeza. El libro fue rodando de editorial en editorial, como suele pasar con los escritores novatos. Esto es un consuelo para los escritores nuevos. Hasta que cuando volví de Europa, me encuentro con que una editorial, nada importante, se había interesado en el libro y lo publicó en 1963. Pero es verdad que yo encontraba en Maimónides una suerte de solución al conflicto que llevé mientras estudiaba medicina. Porque decía: “Si yo quiero ser una suerte de humanista, y me interesa la música, y me interesa la literatura, y me interesa la filosofía, y me interesa la historia, ¿qué hago yo estudiando medicina?”. Entonces, me di cuenta de que hubo otros que fueron humanistas, que fueron filósofos y que, al mismo tiempo, fueron médicos. Maimónides me daba la solución o me daba el modelo.

—Ejerció la neurocirugía hasta que a los 40 años decidió renunciar a esa profesión. ¿La muerte de su primera esposa, como consecuencia de una hemorragia en la base encefálica, tuvo alguna relación con esa decisión?

—Es la confirmación de la sabiduría que tienen las máximas populares cuando dicen en casa de herrero, cuchillo de palo. Sí, fue algo que me dejó muy alterado, diciendo: “Caramba, muere de una enfermedad que yo he operado tantas veces, que yo he curado tantas veces”. Pero fue una hemorragia tan rápida y una muerte tan acelerada que no dio tiempo ni siquiera de hospitalizarla. Después uno conoce otros médicos a los que les ha pasado lo mismo: han fallecido sus parientes de enfermedades que eran su especialidad.

—Cuando se recibió de médico, ¿se imaginaba que algún día (1995) la Sociedad Argentina de Escritores le iba a conferir el Gran Premio de Honor por la totalidad de su obra?

—Para nada, porque yo idealizaba tanto la profesión de escritor que no me animé a decir “soy escritor” hasta hace pocos años. Cuando iba de viaje, en el hotel ponía “médico” como profesión, no ponía “escritor”. Me parecía que ser escritor requería una cualidad excepcional. Por eso mis escritos han sido clandestinos durante mucho tiempo.

—¿No se aprende? ¿Se nace?

—Sí, pero yo no sabía si había nacido para ser escritor. Y como soy un perfeccionista, y no tengo la cualidad de Mozart, digamos, que escribía sin corregir... Más bien pertenezco a la corriente de Balzac, que no cesaba de corregir.

—¿Cuántas veces corrige sus textos?

—Infinitamente. Y ahora, con la computadora, uno no sabe cuántas veces corrige. Porque uno reescribe y corrige todo el tiempo.

—¿Percibe vestigios de su anterior profesión de médico en sus textos? Le leo algunos ejemplos de “¡Pobre patria mía!”: “Todo golpe tiene un período de incubación”; “algunos comparan a nuestro país como una mujer golpeada y llena de hematomas”; “los historiadores revisionistas, superficiales o ideologizados, inyectan ponzoña intravenosa”; “agrego una nota de color fecal”; “contesto sin anestesia”; “los subsidios se convirtieron en un cáncer”, “ella usa el recurso de una virosis llamada anuncitis”.

—Jorge Fontevecchia, si todos los lectores fueran como usted, la verdad es que ganaría muchísimo la literatura. Qué prolijidad de lectura, por Dios. Bueno, no hay duda de que ahí uno comete las confesiones profesionales, ¿no? Que me sale el médico de adentro, no hay duda. Yo escuché por ahí que “ni el médico ni el cura abandona jamás ni el guardapolvos ni la sotana. Aunque, aparentemente, se los quiten”.

—Algunas universidades anglosajonas emparentan a los textos psicoanalíticos con la lingüística y hasta con la semiótica. ¿Al ser el psicoanálisis, como decía Freud, la cura por la palabra, es la profesión más cercana a la literatura?

—Yo diría que sí. Máxime cuando el psicoanálisis nació como una actividad revolucionaria en una época en que se descalificaba a la cura por la palabra como actos de magia, de chamanes, de curanderos. Y entonces, cuando se empieza a usar la palabra como un instrumento de cura, hubo una verdadera revolución en toda la medicina. Pero al mismo tiempo, no nos olvidemos que Freud era no solamente un genio, sino un científico, en el sentido más amplio de la palabra. Mérito que no se puede atribuir a todos sus discípulos, que muchos no son científicos. Cuando una vez se le preguntó dónde estaban todos sus predecesores, él llevo a quien le hacía la pregunta hacia un rincón de la biblioteca donde estaban los grandes autores de la tragedia griega, Shakespeare, Dostoievski, Sófocles, y tantos otros grandes autores de la literatura, y le dijo: “Ahí están mis predecesores”.

—Sobre la novela, usted escribió que “provee alas al espíritu, impulsa sueños y ensueños, nos hace más libres y menos prejuiciosos, aumenta la capacidad de comprensión y es un estímulo potente de la libertad”. ¿Por eso terminó prefiriendo las letras a la neurocirugía?

—El entusiasmo por la literatura se produjo en mi caso, precisamente, por esa necesidad de expresión artística precoz. Porque ahí encontraba yo la posibilidad de acceder a todas esas potencias que tiene la novela. Estoy seguro de que si no hubiera nacido la literatura, el ser humano habría tenido una espiritualidad extremadamente pobre, limitada. Y muchos rasgos que actualmente valoramos la sensibilidad, el erotismo, la ilusión, los sueños, no habrían tenido la potencia que actualmente tienen.

—Se considera que “La cruz invertida”, el libro por el que fue el primer latinoamericano en ganar el Premio Planeta de España (1970), anticipa las dictaduras militares. Como contemporáneo de los años 70, tan mencionados actualmente, ¿qué percepciones que hoy tiene la sociedad sobre esa década fueron tergiversadas por el paso del tiempo?

—Cuando yo escribí La cruz invertida, se había producido el Concilio Vaticano II, que significó una positiva y enorme revolución dentro de la Iglesia Católica, realizada por un Papa que se creía intrascendente, de transición, que fue Juan XXIII. El manifiesta el deseo universal de avanzar hacia una mayor tolerancia, comprensión, pluralismo, libertad. Y eso fue traicionado por quienes en aquel momento se entusiasmaban con estas consignas. Porque nos encontramos con mucha gente que en aquella época clamaba por la libertad y la democracia, y que ahora no dicen una sola palabra sobre países que carecen de libertad y de democracia. Y que tienen dictaduras crueles, países que son verdaderas cárceles, donde se violan los derechos humanos, y donde no se acepta el pensamiento plural, sino que se impone el pensamiento único. En estos treinta años, el clima de progreso auténtico, genuino, que existía en aquel momento, fue traicionado por quienes dicen ser sus verdaderos representantes. Y yo creo que esos no son los verdaderos representantes: son los traidores. Es lo mismo que ha ocurrido con la Revolución Rusa. Por ejemplo, si uno lee las biografías de Lenin o Trotsky, se da cuenta de que eran personas profundamente imbuidas de un anhelo democrático, de progreso genuino, que la gente tenga mejor calidad de vida, y que la democracia exista siempre. Y que la pluralidad de pensamiento era algo que los enriquecía. Por ejemplo, Lunacharski (Anatoli Vasilievich), que estaba a cargo de toda la política cultural, los primeros años de la Unión Soviética, produjo un florecimiento, una primavera cultural. Pero todo eso después fue destruido, desbastado por el pensamiento único, por el control dictatorial y una degradación total. Pero ocurre que esa gente cree que seguía representando el progreso. Son los traidores de ese pensamiento, son los que en estos momentos usan sus etiquetas, pero son falsas, no las merecen.

—Su libro “La conspiración de los idiotas”, que aparece en 1978, es un exaltado alegato contra la persecución de cualquier tipo. ¿Cómo fue su relación con la dictadura a lo largo de sus siete años?

—Yo creo que me salvé de ser un desaparecido cuando me mudé, un mes antes del golpe (otro pensamiento profético), a Buenos Aires para estudiar psiquiatría y psicoanálisis y dejé la neurocirugía. En Río Cuarto yo era el intelectual, entre comillas, porque había ganado el Premio Planeta. Y para Río Cuarto fue toda una revolución. Y se decía que como yo era el intelectual, evidentemente, era un subversivo. Había gente que me buscaba y se corrió la voz de que me había fugado. En Buenos Aires mantuve un perfil bajo, me dediqué a estudiar y me enteré, en una de las Ferias del Libro, que había sido prohibida la exhibición de La cruz invertida. Mantuve el mayor cuidado pero no podía dejar de escribir. Entonces mejoré mi estilo porque, justamente, la necesidad de escapar de la censura, y usted lo sabe muy bien, lleva al desarrollo del lenguaje elíptico que insinúa y no dice en forma directa. La insinuación tiene un poder, literariamente hablando, mucho más grande que la frase directa. En 1981 me volví mucho mas insolente, más temerario, fundé la revista Búsqueda, que fue la primera revista política que ya hablaba de partidos político, una cosa prohibida en aquel entonces. Luego empecé a publicar en Clarín y en La Nación artículos bastantes bravos. Y antes que terminara la dictadura, publiqué un libro que fue toda una explosión: Carta esperanzada para un general.

—Se perciben ciclos en su carrera literaria. Al comienzo hay más cuentos, biografía y novelas. Los cuentos y las biografías desaparecen en los últimos años. Sí se mantienen las novelas, aunque con mucha más preponderancia de los ensayos. ¿Es correcto presumir que los ensayos comienzan con la democracia porque en la dictadura la crítica sólo era posible metafóricamente?

—Pueden haber influido esos factores externos. Pero también hubo un tiempo en que iba alternando una novela con un ensayo, como una forma de hacerle caso a un consejo de José Ingenieros, que leí cuando era adolescente: “Uno descansa de un trabajo haciendo otro trabajo”. Descansaba de la novela escribiendo un ensayo, y del ensayo escribiendo una novela. Pero después, en nuestro país de novela, los acontecimientos tan, digamos, gravosos, hirientes, que dañan al país, me obligaban a reiterarme en los ensayos.

—En “La gesta del marrano”, publicada en 1991, vuelve con la denuncia de la discriminación étnica y religiosa, ¿anticipa su foco en los distintos sistemas de opresión y su rebeldía con todo aquello que asuma el monopolio de la verdad?

—Creo que La gesta del marrano es el producto maduro de algo que se venía, para usar una palabra médica, incubando desde mucho tiempo antes. Por ejemplo, el hecho de escribir una novela donde los personajes opinan de manera diferente entre sí, discuten. Revelan una predilección por el pluralismo de pensamiento. Refugiados… es una novela de permanente debate, donde hay oposiciones muy encontradas, y allí son los personajes los que hablan, y no el autor. Esa es la diferencia con el ensayo, donde el autor expresa de forma directa su propio pensamiento.

—“Un país de novela” también se anticipa a la debacle de la híper de 1989. ¿Otra vez su radar de crisis?

—Un país de novela lo escribí ya hacia el final de la época de Alfonsín, anticipando que el país no iba bien y describiendo los conflictos que teníamos. Describí el gobierno de Alfonsín en la última parte, que tiene como título Purgatorio. El período de Alfonsín no fue de primavera, de florecimiento, de verano, sino de un purgatorio donde todavía las almas están en pena y no saben exactamente si van a ir al infierno o al cielo.

—¿Se imaginaba en 1988, mientras escribía “Un país de novela”, cuánto “más de novela” sería su país veinte años después?

—No. Siempre en lo consciente, para seguir con la jerga psicoanalítica, uno tiene la sensación de que las cosas se van a terminar por encaminar en una dirección u otra, y seguirán un curso más o menos recto. Lo que tiene la Argentina es un curso de víbora, serpentea siempre, no es un camino recto. Y esto hace que sea tan difícil que el país se comprenda desde afuera, y los mismos argentinos desde adentro sepamos hacia dónde ir. Yo creo que nuestra marcha de borrachos nos emborracha. No es que estemos borrachos: tenemos una marcha de borrachos que hace que estemos permanentemente desorientados sobre la brújula que deberíamos atender.

—En el ’93, en “Elogio de la culpa”, sostiene textualmente que “la ausencia de la culpa hace más daño del que produce la culpa excesiva”. Por ejemplo, un psicópata no tiene culpa, ni ley, ni memoria. Viendo con ojos actuales la Argentina de los 90, ¿se podría decir que todavía entonces quedaban en la política algunos rasgos de culpa y en los últimos años se profundizó aún más la falta de culpa?

—Lamentablemente, tengo que contestar que sí, que en la Argentina ha disminuido el sentimiento de culpa. La ausencia de responsabilidad y la ligereza con que se violan las leyes, la Constitución, las instituciones de la democracia, nos habla de que en la sociedad hay como una suerte de anestesia, poniéndolo en un término médico, por lo cual esto ya no lo sentimos, no nos alteramos. Por otra parte, la sociedad argentina ha sido muy permisiva, muy tolerante con las agresiones desde hace mucho tiempo. Quizás como consecuencia de que a partir de fines de la década de 1920 ingresan a nuestro país ideas totalitarias que reactivan ese ADN viejo del absolutismo monárquico español de la Inquisición, que está vinculado con el líder que maneja todo y resuelve todo, con la ausencia del pluralismo, con la falta de diálogo o de respeto por el otro. Y una suerte de cerrar los ojos ante la violación de la ley. Como que el rey, o su epígono local, puede cambiar la ley como mejor le convenga, y que eso está bien. Porque así ocurrió durante varios siglos. Como eso está profundamente enraizado en nosotros, la Argentina después de su independencia y después de esa frase de Manuel Belgrano, “pobre patria mía”, va hacia Rosas. Y a Rosas se le pone de título “Restaurador de las leyes”. ¿Cuáles leyes? ¿Las del 25 de mayo de 1810? No. Las leyes de la monarquía española. Del pensamiento único, de la censura, de la persecución, del monopolio del poder. Eso es superado con la Constitución de 1853. Pero la Argentina retrocede otra vez a finales de la década del 20, cuando otra vez ingresa aquí el pensamiento intolerante, totalitario, siguiendo una especie de inmigración clandestina. Porque estaba la inmigración de los seres humanos, pero venía también la inmigración del pensamiento europeo de la década de 1920. Se contamina toda Europa de las ideas totalitarias. Mussolini toma el poder en Roma, Stalin toma el poder en la Unión Soviética, Hitler hace su putsch en Munich.

—¿Y Franco en España?

—Y Franco en España, Salazar en Portugal, y eso entra en la Argentina. Y por eso el golpe de 1930 es claramente fascista. No nos olvidemos que el general Uriburu cuando toma el poder estaba retirado. Y que los oficiales argentinos, que tenían una educación mucho más legalista y constitucionalista de lo que nos imaginamos, se negaron a aceptar. El ejército siguió a Uriburu después que la sociedad lo siguió. Porque la sociedad ya estaba infectada. Y quiso reformar la Constitución e implantar una fascista. Felizmente, eso no ocurrió. No nos olvidemos que en 1926 ya un hombre de la inteligencia de Leopoldo Lugones hablaba de “la hora de la espada”. Y bueno, luego la Argentina en la Década Infame. Infame porque no solamente estaba el fraude patriótico, sino porque dejó entrar con mucha más fuerza esas ideas totalitarias. Llega el golpe de 1943, que ya es un golpe no solamente fascista: es nazi. Y los militares que hacen el golpe en ese momento designan como presidente a un general (se equivocaron) que no era nazi. Y a los dos días lo mandan de embajador y eligen a otro presidente, y así sucesivamente hasta que estamos en la etapa peronista, populista, con ingredientes copiados de Mussolini, obviamente. Y, bueno, la Argentina sigue y sigue así.

—“Carta esperanzada para un general” mereció un segundo volumen en 1996. Luego, “Diálogos sobre la Argentina y el fin del milenio”, con monseñor Laguna, también tuvo dos volúmenes: en 1996 y 1998 (además de otro libro conjunto, “Las dudas y las certezas”, en 2001). Y también hubo dos volúmenes de “El atroz encanto de ser argentino” ¿Si algo funciona merece un bis?

—Con Carta esperanzada para un general, el primer volumen tuvo un gran impacto. Estábamos rodeados de dictaduras, Uruguay, Paraguay, Brasil, Chile, y en la editorial me decían que como el libro estaba prohibido, los turistas se lo llevaban escondido en el fondo de las valijas. Incluso, en la Feria del Libro estuvo Jorge Amado, y quedó enloquecido con el libro. Me dijo: “Este libro lo tenemos que traducir inmediatamente en Brasil, que tenemos la dictadura”.

—¿Y la segunda versión?

—La segunda versión viene después de que el general Balza pronunció el discurso donde decía que era aberrante haber cumplido órdenes de tortura. En ese momento Editorial Sudamericana estaba reeditando todos mis libros y dije: “Bueno, de esa época a ésta hay cambios”. Y para ser justo, equilibrado y políticamente incorrecto voy a decir algo que en ese momento me parecía justo: las Fuerzas Armadas argentinas se estaban empezando a corregir, estaban empezando a cambiar. Y había menos corrupción y más obediencia a la ley en las Fuerzas Armadas que en el poder civil. Es espantoso esto, pero es así. El poder civil se estaba farandulizando. Entonces, dije: “Tengo que ser objetivo, voy a hacer una investigación de nuevo”. Fui, me recibieron los almirantes con un poco de recelo pero aceptaron y respondieron a mis preguntas. Entonces, el segundo libro sobre los militares tiene una primera parte donde describo la situación del Ejército en ese momento y pongo el libro de la primera edición, diciendo: “Para que no nos olvidemos qué sentía la sociedad argentina con respecto a los militares en 1982”.

—El mismo año en que se publicó “El discreto encanto…” escribió junto al también psicoanalista Jorge Bucay un libro que compiló consejos sobre la pareja, la separación, la fidelidad, la infidelidad, la soledad, las crisis o las adicciones generados a lo largo de siete meses de conferencias conjuntas con su colega. ¿Le afectó luego la acusación de plagio que padeció Bucay por uno de sus propios libros?

—Sí, lo lamenté profundamente. Con Bucay me divertía mucho. Es un hombre muy ocurrente. Y él y la editorial me insistieron mucho para que hiciéramos una cosa totalmente original, que es escribir un libro con los que lo leen. El público hablaba, hacía preguntas. Me acuerdo que en Rosario hablamos sobre el tema de la infidelidad matrimonial. Entonces, uno del público dijo: “Yo estoy a favor de la infidelidad matrimonial”. Y explicó por qué. Entonces, Bucay le dice: “¿Me puede dar su nombre?”. “No, yo mi nombre no lo doy”, le contestó. Eso fue grabado. Al día siguiente, el diario La Capital dijo: “Ayer, Bucay y Aguinis dieron la conferencia tal sobre tal tema. Una persona se paró en el público para decir que estaba a favor de la infidelidad conyugal y explicaba por qué. Estamos en condiciones de decir que ese hombre se llama tal y tal y vive en tal calle”. Fue divertido. Me afectó porque yo no me imaginaba esto. Pero Bucay, debemos reconocer, siempre insistió en que todos los cuentos que lo hicieron tan famoso no eran de él, sino que usaba cuentos populares, de otras civilizaciones. Pero claro, se acostumbró tanto a no citar fuentes que se le fue la mano.

—Y en 2005 escribió “¿Qué hacer?”. Allí fue Ud. quien “plagio” a Lenin con su libro “Chtó diélat” que en ruso (fonético) quiere decir “Qué hacer”.

—Muchos me decían: “Usted diagnostica muy bien. ¿Y cuáles son las soluciones?”. Entonces, me impuse un libro que tiene un título leniniano: ¿Qué hacer? Pero le puse de subtítulo “Bases para el renacimiento argentino”, que no es un subtítulo inocente. “Bases” se refiere a Alberdi, y “el renacimiento”, a la característica de la Argentina, que es un país que no tiene que nacer a la riqueza, sino que tiene que renacer a la riqueza que tuvo y que perdió.

Vamos a entrar en la segunda parte, en la política. Para Harold Bloom fue Shakespeare “el creador del hombre”; para este gobierno, el relato es casi más importante que la realidad. ¿Cuál es su opinión sobre el análisis del discurso que viene desarrollando Carta Abierta?

—En ¡Pobre patria mía! hay una frase con la que me refiero a Carta Abierta y uso dos términos médicos que no mencionó, que muchos de los que firmaban Carta Abierta tienen bruxismo. Bruxismo es cuando se contraen mucho las mandíbulas. Y se les están cayendo los dientes de tanto bruxismo, porque se arrepienten de haber firmado ese adefesio, ese texto obsecuente, irracional, indigno, apoyando una gestión tan corrupta como la que actualmente padecemos. No quiero decir más.

—¿Cuál es la relación entre su resistencia al dogmatismo inquisidor de la Iglesia y el pensamiento autoritario de las dictaduras previas a la restauración de la democracia, y su resistencia actual al kirchnerismo?

—Nunca me gustó el autoritarismo. Cuando era joven, respondía a esa famosa expresión popular que dice que “cuando uno es joven y no es de izquierda, no tiene corazón. Y cuando uno es viejo y sigue siendo de izquierda, no tiene cabeza”. Incluso, leía Marx, y lo leía detenidamente y me consideraba marxista; tenía un conflicto muy serio porque estaba Stalin, que era un dictador. O sea que el pensamiento autoritario me salvó a mí de ser estalinista. Yo tengo mucho respeto por los valores iniciales de la izquierda, cuando nació con la Revolución Francesa, de apoyar la libertad, el pluralismo, la democracia, el progreso real. Esos son los valores que yo sigo apoyando y apoyé siempre. Algunos dicen que estos son ideales de la derecha. Resulta que ahora defender la democracia, defender la libertad y defender el pluralismo son ideales de la derecha.

—Como psicoanalista, ¿cuál es su diagnóstico psicológico de Néstor Kirchner?

—En pocas palabras, creo que tiene la psicología del tirano. Lo he dicho públicamente y está escrito en ¡Pobre patria mía!. El tirano es un individuo que tiene rasgos muy peculiares, están descriptos por muchos autores. Un amigo psicoanalista, Ricardo Mosconi, me orientó hacia la reflexión que hace Sófocles del tirano en Edipo Rey. Edipo Rey ha sido trabajado mucho por Freud en el aspecto sexual, del parricidio, del incesto, pero no tocó el tema del poder. Y Edipo es un individuo que está enfermo de poder. Y cuando desde el comienzo sabe que hay una peste en Tebas, la peste no está compuesta ni por el dengue, ni por las ratas, la tuberculosis o el paludismo, sino que está provocada por la tiranía. La peste es la tiranía.

—¿Podría precisar las similitudes que existen entre Néstor Kirchner y Edipo?

—Sí. Edipo no aceptaba opiniones diferentes de la de él. Tenía pensamientos paranoicos respecto a quienes lo rodeaban. Perseguía a quienes no comulgaban con su forma de dirigir el país. Y quería hacer lo que él consideraba que estaba bien y que lo satisfacía. Esto lo llevó a la catástrofe y, finalmente, tuvo una suerte de percepción de que él no había visto las cosas porque no quería ver. Psicológicamente, se dice que cuando se arranca los ojos comete castración. Pero también podemos decir, en términos menos profundos, que se arranca los ojos porque odia esos ojos que no supieron ver a tiempo y que no le impidieron ir hacia la catástrofe. Sófocles tiene otro elemento, que está en Antígona: Edipo, que ya está ciego, se enfrenta con el tirano que lo sucede, Creonte, quien le dice: “Edipo, ya estás ciego, ya te fuiste y querés seguir gobernando. No podés seguir gobernando, ya terminó lo tuyo”. Aquí tenemos una analogía casi textual. Es como que Sófocles haya descripto a Kirchner y que en el futuro, a lo mejor, algún dramaturgo escriba Kirchner Rey, en vez de Edipo...

Usted dijo: “La democracia argentina se ha convertido en un autocracia gobernada por una sola persona que, para colmo, no conoce lo que significa la productividad, ya que toda su vida y su flamante fortuna personal estuvieron ligadas a la especulación financiera”. ¿Cómo se explica, psicológicamente, la estrecha relación de Kirchner con el dinero? ¿Es anal?

—Expliquemos en términos psicoanalíticos qué significa. El temperamento anal es aquel que tiene mucho que ver con el retener, con la obsesión, con el acumular. Osvaldo Bayer en La Patagonia rebelde señala que los antecesores de Kirchner fueron usureros en Río Gallegos. O sea que quizás hay una cuestión de ADN también ahí. El usurero no solamente quiere tener dinero. Es como lo que ha caricaturizado muy bien Walt Disney como el Tío Rico, o el Tío Patilludo, que necesita tocar el dinero, olerlo, acariciarlo. Evidentemente, es un político que creció en Río Gallegos, que se enriqueció durante la dictadura militar, que no sufrió persecución durante la dictadura militar ni amenaza de desaparición, que ni él ni ella firmaron un solo hábeas corpus, ni uno solo, mientras los abogados del país se jugaban la vida tratando de salvar gente con hábeas corpus; que parece que tenían una relación bastante cordial con algunos militares que estaban allá. En ese tiempo, se dedicó a hacer dinero de especulación financiera. Ejecutaba hipotecas y con eso consiguió dinero y propiedades. Es decir, especulación financiera. Luego, como gobernador modificó la Constitución, un rasgo más de tirano, mediante la cual puede ser reelecto hasta que se muera. La reelección indefinida es típica de los tiranos que quieren durar siempre, hasta la muerte, incluso después de la muerte.

—¿“El avaro” de Molière sería otro ejemplo?

Claro, correspondería también. Y él tuvo un ingreso muy importante por las regalías petroleras. Además mandó el dinero de esas regalías al exterior, típico de alguien que quiere guardar el dinero. ¿Lo trajo de vuelta? Esto habla de una mentalidad de especulación financiera como única forma de hacer dinero. Esto tiene que ver también con cierta idea equivocada de la izquierda, que cree que solamente se hace dinero robándole al otro. Marx, obviamente, en sus tiempos, no conocía otra forma de enriquecerse que mediante la plusvalía. Es decir, hacer trabajar a otro y sacarla del sueldo o sacarla de algo. El colonialismo era sacar la riqueza de los países pobres. No conocieron Japón, Singapur, Nueva Zelanda, que son países que no son colonizantes, que no le roban nada a nadie y se han enriquecido. Es decir, no saben producir riqueza sin robar. Y tampoco conocen el sacrificio que significa la producción.

—El dinero es para la mayoría de las personas un medio. Para cierto tipo de personas, ¿es un fin en sí mismo?

—Creo que es así. Y lo he dicho en otro artículo, “Tengo un sueño” –no le quiero decir “profético”–, que publiqué el 9 de diciembre de 2003, cuando él tenía que asumir el 10, en forma oficial, su presidencia. Decía que todo el poder y el dinero que él había acumulado no lo debían usar como un fin, sino como un medio para beneficiar a la Argentina. Me equivoqué.

—¿Qué le hace decir que “la única política de Estado que funciona es la del soborno”?

—Esto es una acusación muy grave, políticamente muy incorrecta, pero es evidente que tenemos que ser ciegos, o sacarnos los ojos como Edipo si no la queremos ver. Por ejemplo, los planes sociales fueron instituidos porque había una emergencia económica gravísima y había que darle algo a la gente que no tenía con qué comprar un pedazo de pan. Pero hoy los planes sociales son la política del soborno. Por ejemplo, ayer viajé con un taxista que ingresó a un sector del gremio de los peones de taxi, que son los que no son dueños de vehículos. Y me dice: “Me pagan 100 pesos por ir a la marcha de Plaza de Mayo del 30 de abril por el Día del Trabajo”. Eso, si no es soborno, ¿qué es? Cuando a un gobernado como Binner se le dice: “Si no te sometés, yo no te mando el dinero de la coparticipación”. Cuando se le dice a dos senadores: “Si no votan a favor mío en el Senado, no va plata para Tierra del Fuego”... ¿Qué es eso? En este momento, el federalismo ha desaparecido. Todo se maneja con sobornos. La caja es el dinero que se le quita a la sociedad argentina para sobornar y seguir manteniendo el poder.

—¿La inexistencia de un ministro de Economía pleno es otro síntoma de la especial relación de Kirchner con el dinero?

—Yo creo que sí. Porque él cree que es el gran economista y que maneja todo de mil maravillas. Y no se da cuenta de que está empobreciendo al país. Simplemente, como él se está enriqueciendo, no tiene una clara visión de lo que está pasando con el país. Además, como no tiene claridad sobre el proceso productivo, no se da cuenta de que la Argentina está asfixiando el único nicho productivo real que tiene ubicación en el mundo, que es la producción de alimentos. La Argentina no va a producir chips, no va a producir autos con energía alternativa, no va a producir computadoras. No está en condiciones de hacer eso, está en condiciones de producir alimentos. Entonces, ¿qué hay que hacer? Una política agroindustrial coherente, consensuada, que permita que todo el mundo invierta en la producción de alimentos. La Argentina los vendería, el mundo los recibiría y los mercados estarían abiertos para la Argentina. Y empezaría a florecer nuevamente. Estamos en una crisis mundial como la tuvo el mundo en la Segunda Guerra. La Argentina en ese momento vendía alimentos y le iba muy bien. Incluso pudo regalar trigo. Ahora, podría otra vez estar muy bien. Estamos perdiendo una oportunidad. Esto lleva a que uno tenga rabia y diga: estamos perdiendo una oportunidad de oro por esta gente que está asfixiando a un sector que puede producir mucho y darle ganancia a todo el país.

—¿El autoritarismo va acompañado de la paranoia?

—Esto, en ¡Pobre patria mía!, lo planteo con un ejemplo sobre el dictador Hierón, quien llega un momento que dice: “Ya no doy más, quisiera dejar mi trabajo, esto me agobia”. “Y bueno –le dice el filósofo–, ¿por qué no renuncia?” “Es que si renuncio me devoran, me destruyen.” Kirchner tiene el grave problema, tiene la sensación de que aquí lo van a comer vivo cuando pierda poder. Entonces, está con una paranoia que tendría cierta racionalidad.

—Las encuestas indican que si Kirchner encabeza las listas para diputados bonaerenses, el oficialismo sacaría menos votos que si dejara solo a Scioli al frente. ¿Por qué lo hace? ¿Es por lo que describió como la lógica de los tiranos que los lleva siempre a autodestruirse “enceguecidos por el capricho”?

—Creo que hay algo de esto. El no puede dejar de ser el protagonista, el centro. Es una percepción equivocada la que tuvimos los argentinos respecto a él, incluso cuando designó a su esposa como Presidenta. El había dicho que iba a ir a un café literario. Incluso, estableció una oficina en Puerto Madero. Pero no soportó, tenía que estar en el centro. Y está en el centro de una manera muy clara, muy firme.

—Dijo que Kirchner padece, literalmente, “una suerte de esclerosis psicológica que lo aísla del mundo”. En términos clínicos, ¿eso qué significa? ¿Es una suerte de psicopatía?

—¿Sabe que yo no tengo custodio? Creo que, efectivamente, le cuesta, por los otros motivos que hemos venido señalando hasta ahora, tener la necesaria flexibilidad que le permitiría revertir su situación: la de la Argentina y la del matrimonial presidencial.

—¿Se aísla del mundo?

—Pero no diría que llega a ser psicótico. Ese es un cuadro mucho más extremo. Me parece que él todavía está en la neurosis. Tiene una neurosis muy acentuada con elementos paranoicos, algunos de los cuales son reales y otros no. Se habla de elementos paranoides cuando hay miedos injustificados. Yo creo que él no es psicótico y que podría cambiar. Pero es una fuerte neurosis que le impide hacer ese cambio que mejoraría a la Argentina y lo mejoraría a él.

—Usted pronosticó que Kirchner va camino a su Waterloo. ¿Es porque desea el Waterloo, ese narcisimo masoquista de “nadie sufre como yo”, o porque se cree infalible?

—Si volvemos al psicoanálisis, existe la llamada pulsión de muerte, o la pulsión fanática que han tenido verdaderos genios. Un genio indiscutible ha sido Napoleón. El Napoleón genial vuelve de la Isla de Elba, de la que se escapa, llega a la Francia continental con muy pocos soldados fieles y con muy pocas perspectivas de lograr tomar el poder. Pero se encuentra con la sorpresa que a medida que camina hacia Paris, cada vez es más grande la cantidad de gente que lo sigue, a pesar de que ya había sido responsable de la muerte de diez millones de franceses. Napoleón llega y toma el poder. Y Luis XVIII huye de noche, con un miedo atroz. Napoleón en ese momento podría haberse tranquilizado y decir: “Voy a ser el emperador de Francia, y dejar de ser el emperador de toda Europa; dejaré Rusia, dejaré Austria, dejaré España. Me quedo en Francia tranquilo”. Pero no. En él había la pulsión del todo o nada, y esa fue una pulsión tanática que lo llevó a decir: “Yo soy un militar genial, a mí nadie me gana como estratego”. Y casi podría haber ganado Waterloo. Pero si habría durado después, no se sabe. Había en él esta tendencia tanática que creo que tiene Kirchner también.

—En su comentario sobre el último libro de George Steiner acerca del vínculo del hombre con los animales, recordó que Voltaire afirmó que el ser humano no es el único animal que sabe que va a morir, “que los elefantes envejecidos se retiran a un aislamiento sepulcral y los perros modulan su conducta ante la proximidad de la muerte, propia o de seres amados; (…) quizá el deceso venga acompañado por un olor que el atrofiado olfato de los hombres no percibe porque alrededor de las moradas de los sentenciados las lechuzas ululan, los cuervos graznan y los lobos aúllan”. “Los animales también anticipan el peligro inmediato: ‘huelen’ terremotos, tiemblan ante un trueno antes de que lo oiga el hombre, cavan zanjas, almacenan comida o alzan vuelo.” ¿El psicótico no sabe que va a morir, o no le importa morir?

—Es una pregunta bastante difícil. No podría responder si el psicótico percibe menos que el que no es psicótico esa inminencia de la muerte. Posiblemente el psicótico la perciba menos. Pero tanto el psicótico como el que no lo es están habitados por la pulsión de muerte. Y es la que tenemos que combatir todo el tiempo. Eso es lo que se trata de corregir en los tratamientos.

—Ahora yo lo plagio para hablar del Primer Centenario y de este segundo que cumpliremos el año próximo. ¿A principio del siglo pasado, la política de la Argentina se parecía más a Atenas, mientras que a principios de éste sus métodos se identifican más con Esparta?

—La Argentina nunca estuvo mejor que durante el Primer Centenario. Un país que irradiaba esperanza, promisorio, que era casi un milagro, que se había convertido en el país más productivo, culto e interesante de toda América latina. Octava economía mundial, a donde fluían millones de habitantes. Efectivamente podía parecerse a Atenas porque había una gran cultura, había una política educativa muy firme que siguió durante una década más, hasta que empezó la decadencia.

—Se escondieron los números reales de los casos de contagio de dengue, lo mismo se viene haciendo desde 2006 con los de la inflación, y hace treinta años se hacía con los desaparecidos. ¿La negación es uno de nuestros caracteres más distintivos?

—Sí, tendemos a negar. Y agregamos la tendencia a echarle la culpa a otro de nuestros males. Son esas dos cosas que van juntas: la negación y poner la culpa afuera.

—Ud. citó al rey que mandó asesinar al oficial que lo había salvado en una batalla, para que no hubiera un testigo de su debilidad, descrito por Plutarco, como aplicable a Kirchner. ¿Quién sería aquí el oficial a asesinar?

—Cobos con su voto “no positivo”, muy vacilante, muy culposo, le hizo un bien al Gobierno y le hizo un bien al país. Lo que pasa es que el Gobierno no tenía la flexibilidad, la inteligencia de decir al día siguiente: “El Congreso decidió otra cosa, a partir de ahora convocamos a todos los sectores vinculados al sector agroindustrial y hacemos una política agroindustrial que lleve al país adelante”. Con eso, habrían ido para arriba.

—De Cristina Kirchner dijo que “sus desplantes son mezcla de soberbia, ignorancia y elementos histeroides que explican su obsesión por la apariencia y por sobreactuar sus dificultades de género”. Concretamente: ¿ve histeria en Cristina Kirchner?

—Sí, hay histeria expresada en su aspecto físico y en su ropa.

—Usted escribió que “los argentinos nos exaltamos y deprimimos. Creemos en espejitos de colores y, cuando falla la magia, explotamos como bombas. Tenemos una emoción lábil. Hasta podría decirse bipolar”. ¿Cristina Kirchner tiene síntomas bipolares?

—No la conozco en forma directa, nunca la traté. Pero por algunas de sus manifestaciones y por los esfuerzos que hace su entorno, da la sensación de que sí. Por ejemplo, tantos viajes, tantos aplausos, tantos actos donde se inauguran inodoros, carpas, son para que la aplaudan y le quiten la depresión. O sea que hay, evidentemente, elementos bipolares.

—También escribió que “en política –como en el barroco– hay pánico al vacío”. ¿Cómo funciona ese pánico, tanto en los políticos como en los ciudadanos? ¿En el caso de Kirchner, por ejemplo, sería siendo hiperquinético con una sorpresa todos los días?

—Sí, el miedo a que ese vacío sea ocupado por otros. Ser el centro, ser el que tiene la iniciativa de impedir que otro ocupe ese espacio porque, si no, se lo quitaría a él. No lo vive como una interacción, como un diálogo, como una posibilidad. Lo vive como que le quitan algo.

—¿Lo aleja de la objetividad su disgusto personal con el matrimonio Kirchner reflejado en frases de “¡Pobre patria mía!” como “agresivo tonito de montonera soberbia” o “gigante mítico con nariz de hacha y ojos omnívoros?

—Ahí está el poeta que no solamente describe flores, sino también espinas. Yo creo que es una licencia mediante la cual uno expresa lo que sienten millones de argentinos cuando están indignados. Me dijo un crítico hace poco: “Marcos, lo que más admiro de tu libro es la cantidad enorme de puteadas que te mandás sin decir una sola mala palabra”.

—En “¡Pobre patria mía!”, Ud. habla de la intradictadura de Néstor Kirchner, quien “humilla a su círculo íntimo y leal como un padre golpeador. Si a ellos los doblega sin piedad, el mensaje llegaba al resto de la gente con nivel multiplicado de alarma”. ¿Qué diría la terapia sistémica, especializada en tratar grupos patológicos, de la intradictadura?

—Lo que ocurre en una familia, si hablamos desde el punto de vista sistémico, donde hay un padre golpeador. Evidentemente, basta con que le pegue a la mujer para que los hijos estén aterrorizados. Y esto es lo que nos sucede actualmente. Cuando Kirchner asumió, a los pocos días o semanas, lo denigró a Scioli de una manera espantosa. Y eso, por supuesto, tuvo su efecto. Y así fue denigrando a otras personas de su círculo íntimo. Cuando asume, Cristina sigue el mismo modelo, ningunéandolo a Cobos. Cobos no estaba enterado de muchas cosas que se decidían y le piden después lealtad. ¿Lealtad a qué? “¿Qué me preguntaron, qué opinión me pidieron?”. Aquí existe una intradictadura. Es decir, todo el círculo interior tiene que estar sometido al pensamiento dominante de Néstor. Al extremo de que, por ejemplo, Montoya, que fue felicitado por la Presidenta hace pocas semanas, por el solo hecho de haber cometido el pecado mortal de decir que hay más diálogo, lo echan.

—El método no es nuevo. En “El Padrino II”, Mario Puzo construyó una escena donde Michael Corleone manda matar a su hermano Fredo. Las mafias se especializan en mensajes del tipo “si estoy dispuesto a matar a mi familia, no dudaría en hacer lo mismo con quien me desafíe”.

—Sí. Hasta el momento, y lo digo en el libro (lo que tengo que reconocer, lo reconozco), a pesar de que Kirchner tiene la psicología del tirano, no hubo un solo periodista ni político arrestado ni asesinado. Eso es positivo, desde luego. Pero que el terror existe, existe. Y que la censura existe, existe. Ahora, este código de que nadie puede sacar los pies del plato porque si no queda afuera se ha logrado imponer. Entonces, existe esta intradictadura, este código mafioso mediante el cual la obediencia tiene que ser absoluta.

—EE.UU. “justificó” las bombas en Hiroshima y Nagasaki como herramientas de disuasión para que Japón no continuara la guerra generando más víctimas que las bombas atómicas. ¿Podría haber un verdadero objetivo disuasorio?

—Me atrevería a decir que no es producto de un plan racional elaborado con serenidad, como lo hace un militar que está planeando un ataque para ganar una guerra, sino que es producto del temperamento que él tiene.

—Escribió que tenía “goce por degollar”.

—Exactamente, porque esto ya fue descripto antes que él asumiera la presidencia, cuando se enojó muchísimo este matrimonio debido a una nota que describía que esa técnica, por ejemplo, de controlar el Poder Judicial, perseguir a la oposición, censurar a la prensa, ya existía en Santa Cruz.

—Ud. dijo que “los grandes males que este matrimonio le está infligiendo al país pueden, paradójicamente, generar un consenso general de que debemos unirnos en pos de algunos puntos clave: calidad institucional, independencia de los poderes, políticas educativas y sanitarias, de defensa y de seguridad”. Y en su libro pronosticó que “volvería a producirse un reencuentro jubiloso como el de 1983”. ¿En 2011 gana Cobos o Carrió?

—Yo estoy hablando de 2009. Todavía creo que estamos a tiempo, a pesar de que los plazos se acortan, de que luego de esta especie de fiebre para formar las listas, con toda la farsa que es este armado de carnaval, superemos al fraude patriótico. Esto es un fraude anunciado, un fraude carnavalesco. Cuando se calme esto, yo creo que es muy posible que los sectores republicanos y constitucionalistas que existen tanto en el llamado peronismo republicano o en los sectores con ADN radical logren consensuar un programa legislativo. Es lo que yo estoy rogando que se ponga en marcha: un programa legislativo que se juramenten estos dos bloques a implementar en el Congreso. Y no estar dividido en tres partes: los kirchneristas, los radicales y los peronistas. Sino que los sectores republicanos se unan y pongan en marcha ese consenso legislativo que tenga que ver con volver a colocar a la Argentina en los carriles de la Constitución, de la legalidad, del progreso y de los controles que hemos perdido.

—A usted le gustó el libro de Rosendo Fraga sobre historia contrafáctica titulado “¿Qué hubiera pasado si…?”. Como Fraga arranca en el Virreinato y llega hasta qué hubiera pasado si la Argentina recuperaba la soberanía de las islas Malvinas, le propongo continuarlo. ¿Qué habría pasado si en 2007 hubiera habido ballottage y Carrió o Lavagna era electo presidente?

—Las cosas habrían marchado mejor porque todavía estaba el viento de cola, todavía las cosas funcionaban bien en la Argentina. En ese momento, había una producción agropecuaria extraordinaria; pueblos del interior que estaban muertos, habían resucitado. Ciudades grandes, como Rosario, que eran feas, se habían convertido en unas bellísimas ciudades. Es decir, la Argentina estaba encaminada en una buena dirección. Y ninguno de los dos candidatos, ni Carrió ni Lavagna, habrían usado el sistema de la caja que es, me parece a mí, el sistema de la política de Estado del soborno, sino que hubieran tratado de implementar otra medida.

—¿Y si en 2003 Reutemann hubiera aceptado ser candidato y hubiese sido él y no Kirchner el presidente?

—Creo que estaría muchísimo mejor también, porque Reutemann conoce las bendiciones de la producción. No piensa en la riqueza a través de la especulación financiera. El es un productor y él vive en una provincia productora, como Santa Fe. Entonces, ahí hay una gran diferencia con Kirchner. Y por otro lado, Reutemann, que fue gobernador en Santa Fe, no mostró los rasgos autoritarios que mostró Kirchner en Santa Cruz. Me parece que si Reutemann hubiera aceptado en aquel momento, a la Argentina le habría ido bien. Creo que es una suerte de demanda que tiene la sociedad argentina de decirle a Reutemann, si se presenta ahora: “Es bueno que se presente ahora de candidato, ¿pero por qué no lo hizo antes?”. ¿No siente arrepentimiento, no siente culpa por haber privado a los argentinos de una posibilidad mucho mejor de la que nos tocó en desgracia?

—Usted fue el secretario de Cultura de Alfonsín, ¿qué sintió al ver la despedida popular que mereció?

—En primer lugar, diría que en ese momento la Secretaría de Cultura era activa, dinámica, y ahora es una secretaría absolutamente irrelevante. Aparte, el discurso inaugural de la Feria que pronunció el secretario Nun es como si no existiera en el país. Al presidente Kirchner o a la presidenta Kirchner no les interesa la cultura. Alfonsín estaba sobre nosotros. Casi semanalmente nos hablaba por teléfono y nos preguntaba cómo iban las cosas, estaba interesado por el patrimonio cultural. En ese sentido, hay una enorme diferencia. Respecto de la despedida popular, fue un mensaje espontáneo, inesperado y potente que la sociedad les dio a los políticos. Porque la prensa no habló mucho sobre la gestión de Alfonsín. No se dijo si era muy bueno, regular, malo. Se habló del hombre, de la conducta de Alfonsín. Y se dijo: “No fue ladrón, no fue soberbio, no usó jamás la palabra ‘enemigo’ para referirse a los que no pensaban como él”. Trataba de acercar a todas las partes, con lo cual, políticamente, perdió puntos cuando, por ejemplo, dijo que Rico fue un héroe de las Malvinas. Quería acercar a las Fuerzas Armadas a la democracia; en ese momento, las Fuerzas Armadas tenían mucho peso. No agredió a los gobernadores de las provincias justicialistas que imprimían dinero violando la Constitución. Y no intervino ninguna provincia. Toleró catorce paros políticos en contra, sobre los que la viuda de Ubaldini pidió perdón. Y bueno, esa conducta de querer acercar, manifestarse tolerante a él le costó mucho, por cierto. Sin embargo, es lo que la sociedad argentina está pidiendo, quizás por contraste con lo que vivimos ahora.

—Le pregunto al médico: ¿cómo se hace para, a los setenta y cuatro años, estar tan lleno de energía?

—Volvamos a la jerga psicoanalítica. Creo que en mí predomina Eros sobre Tánatos.

 La cita anual con los libros / Reflexiones sobre verdades y mentiras

20090505LN El relato oficial en la mirada crítica de Aguinis  Jorge Rouillon

El escritor afirmó que en el país existe un "dominio matrimonial"

Una cola larguísima daba cuenta ayer del interés que despertó la presencia de Marcos Aguinis en la Feria del Libro, invitado por LA NACION a hablar sobre "Verdades y mentiras del relato oficial".

Luego, al abrirse la sala Jorge Luis Borges, unos 850 asistentes llenaron casi todos los asientos y escucharon atentamente el diálogo que el autor de ¡Pobre patria mía! mantuvo con el periodista Adrián Ventura.

El escritor observó que la mente humana es prodigiosa, flexible, rica, laberíntica, misteriosa, y señaló cómo puede entrelazar verdades y mentiras.

Así, una novela es un edificio ficticio, que sale de la imaginación del autor, aunque use materiales de la realidad. Y una novela de éxito puede persuadir al lector de que ese edificio mentiroso es cierto, porque sus personajes son aceptados como si fueran verdaderos.

Pero pronto se pasó al terreno de la mentira de los gobiernos y, en concreto, del actual gobierno o "matrimonio gobernante".

Aguinis le adjudicó "inautenticidad" en su pregonada lucha contra la pobreza. "Las fuentes de trabajo no se abren por decreto, ni por una varita mágica, ni por un grito, ni por una bofetada; las inversiones se hacen con dinero, y cuando no hay confianza, éste se va", dijo. "Hay pobreza cuando no se genera riqueza, cuando no hay productividad", agregó.

El escritor también estimó inauténtica la posición de los Kirchner sobre los derechos humanos. Dijo que simpatizaban con los montoneros, pero que en Santa Cruz no presentaron ni un hábeas corpus por los detenidos, sino que se dedicaron a enriquecerse, quitándoles casas o heladeras a los endeudados. Y precisó que cuando Kirchner le indicó al general Bendini

subirse a un banquito para sacar el cuadro de Videla, dijo que no se había hecho nada en 20 años por los derechos humanos, con lo que desconoció a Alfonsín (cuya mención suscitó aplausos en el público).

Aguinis afirmó: "Hemos llegado a extremos increíbles. Cuando escribió las Bases , Alberdi no se iba a imaginar que un presidente iba a elegir a su sucesor sin consultar a nadie, ni siquiera a su partido, y que éste iba a ser su propia esposa". Dijo: "No hay una asociación matrimonial, sino un dominio matrimonial".

Apuntó que Cristina Kirchner prometió una mejora institucional y señaló que, por ser mujer, iba a "jerarquizar el género". Y se preguntó: "¿Cómo jerarquiza el género? Cambiando de ropa todos los días".

No faltó una referencia a "un fraude anunciado" que supera al "fraude patriótico". Se refirió así a las candidaturas testimoniales, que calificó, acudiendo a la inventiva del lenguaje popular, de "candidaturas truchas". Porque, especificó, los candidatos van con una careta y se la sacarán después de las elecciones, diciendo: "Era de mentirita".

Aguinis pidió recomponer una cultura del trabajo, el esfuerzo y la decencia, y fue aplaudido vivamente.

 Entrevista con Luis Juez

20090503 L N "Kirchner tiene la conducta típica del extorsionador"

El candidato a senador por el Frente Cívico de Córdoba pide que la gente vote "sin temor y con la cabeza", cuestiona con dureza a la Casa Rosada y al gobernador Schiaretti y admite que utiliza el humor para comunicarse. También practica la autocrítica: "He sido muy bocón y tengo que ser mesurado"
Ricardo Carpena
 

La Cuba y vino diciendo que es revolucionario. Menos mal que no fue a Disneylandia, si no hubiera vuelto diciendo que era el Ratón Mickey." "A Alberto Fernández le pedí un vaso de agua y me tiró una anchoa." "Le hemos dado a Cristina una calesita para manejar y la ha chocado." "Néstor Kirchner tiene menos imagen que el televisor de mi vieja."

¿Quién es el que inmortalizó estas frases? Una ayuda: es de Córdoba y no es ningún humorista nacido allí, como El Negro Alvarez o Cacho Buenaventura, aunque alguna vez se haya definido como "el Piñón Fijo de la política". Sí, la respuesta es obvia: se trata de Luis Juez.

El mismo que fue un polémico intendente de Córdoba entre 2003 y 2007, que en 2000 fue designado fiscal anticorrupción provincial gracias al gobernador José Manuel De la Sota y que es el actual líder del Partido Nuevo, agrupación pluralista que en las últimas elecciones perdió la gobernación en manos del peronista Juan Schiaretti por una diferencia mínima de votos y con denuncias de fraude.

El mismo que fue un adalid de la transversalidad a comienzos de la era kirchnerista y que el 28 de junio, aliado con Elisa Carrió y el socialismo, competirá por una banca en el Senado enfrentado a las listas auspiciadas por el peronismo, la Casa Rosada y el radicalismo. Y, sobre todo, un dirigente que, como confiesa en la entrevista con Enfoques, apela al humor como una forma de comunicarse, aunque revela que es introvertido y se queja de quienes le piden chistes como si fuera un cómico de la TV y no alguien que sueña seriamente con ser gobernador en 2011.

No es para menos. En una suite del hotel en el que habita cuando viaja a Buenos Aires, Juez habla por momentos como esos actores que no quieren que los encasillen en un papel, como un artista atrapado sin salida en su personaje: los chistes lo hicieron más popular que sus propuestas; cambiar y convertirse en un dirigente "serio" puede restarle apoyos.

Eso es algo que más allá de sus quejas, de todas formas, ni se plantea: "He sido muy bocón, lo sigo siendo -dice-. Tengo que ser un poco más mesurado, más tranquilo. Pero no voy a cambiar. No voy a caer en la locura de quienes pretenden que para gobernar la provincia tengo que hablar con palabras esdrújulas como Angeloz, tener un rostro circunspecto como De la Sota o poner cara de enojado como Schiaretti. Soy así. Lo mío no es una puesta en escena. Es una forma que tengo de comunicarme".

Los "juecismos", como bautizaron a sus desopilantes ocurrencias a la manera de los "bushismos" del ex presidente norteamericano George W. Bush, circulan por Internet como un fenómeno de puro origen cordobés, que compiten con productos típicos de esa provincia como la Mona Jiménez, el fernet con Coca o la peperina: hay blogs que se dedican a recopilarlos como si fueran de Woody Allen y hasta un reconocido encuestador como Artemio López admitió en su sitio web que se propone armar un manual de humoradas de este ascendente político y abogado cordobés de 45 años.

Pero los "juecismos" no alcanzan para amortiguar el efecto del duro cuestionamiento que suelen encerrar. Y así como Juez apela al humor, no conoce muchos eufemismos. En la entrevista, afirma que Néstor Kirchner "es muy parecido a Menem porque es igual de corrupto, pero tres veces más mentiroso", que "se encegueció con los negocios", que "tiene un círculo áulico donde los tipos te corren por izquierda pero te roban por derecha". Y sostiene que las candidaturas testimoniales son "testiculares" porque "Kirchner te obliga a poner los testículos arriba de la mesa, y te los corta si no le hacés caso".

Y cuestiona también al gobernador Schiaretti, al que trata de "pusilánime", "pésimo administrador" y de quien dice que "tiene menos palabra que Bernardo, el asistente mudo de El Zorro".

-¿Qué opina del gobierno nacional? Usted era un aliado y luego se pasó a la vereda de enfrente...

-A este gobierno lo puedo juzgar como ninguno. Kirchner me dijo en 2004: "Le voy a pagar al Fondo Monetario anticipadamente, vamos a reconstruir la Argentina con una nueva dirigencia política, vamos a cambiar la Corte, lo voy a enfrentar a Duhalde". Hizo todo eso. Pero en ese momento se produjo un quiebre histórico, que les pasa a casi todos los dirigentes cuando tienen que dar un salto importante. Y eso fue lo que le pasó a Kirchner. Y ahí fuimos viendo un Kirchner muy parecido a Menem porque era igual de corrupto, pero tres veces más mentiroso. Por lo menos Menem no te decía que era honesto.

-¿Qué cambió en él?

-Lo mató el poder, se encegueció con los negocios. Tiene un círculo áulico muy chiquito donde los tipos te corren por izquierda pero te roban por derecha. Tienen un discurso progresista que se lo creen y se dan manija como los jugadores de rugby en el scrum, pero después se ponen a jugar al tenis. El histeriquea con la redistribución, pero después le conviene arreglar con los grupos de poder. Histeriquea con la posibilidad de transformar la política, pero después se queda con lo más vetusto. Es un tipo de doble personalidad.

-¿Y cómo explica el papel pasivo de la Presidenta, que como senadora tenía un perfil alto, combativo?

-Un día, en 2004, tomando un café con [Carlos] Zannini, que era mi compañero en la facultad, me comenta que iban a ir con Cristina como candidata a presidenta en 2007 y con Néstor en 2011. "Esta Argentina necesita tres mandatos con fuerte sesgo para poder acomodar las cosas", dijo. Los tipos no son unos improvisados, tienen un proyecto político. Hoy, Kirchner los cuestiona a ustedes, los comunicadores, y a los opositores, y dice que tenemos una conducta destituyente. Si hay alguna persona que lacera, humilla y pone en riesgo la institución presidencial permanentemente es el ex presidente. Pero si más o menos acomodan el cuerpo el 28 de junio, no le extrañe que Néstor vaya a querer ser presidente en 2011 para completar esa idea alocada de que a la Argentina se la puede gobernar como un sultanato. Kirchner, más que traicionar a muchas personas, entre las que me incluyo, se traicionó a sí mismo.

-¿Qué le parecen las candidaturas "testimoniales"?

-Son candidaturas testiculares, no testimoniales, porque Kirchner te obliga a poner los testículos arriba de la mesa. Y te los corta si no le hacés caso. Es un espanto. En el caso de [Daniel] Scioli, el artículo 73 de la Constitución es muy claro. Dice que ni los eclesiásticos ni los gobernadores pueden ser miembros del Congreso. Kirchner no tiene límites, pero sabe que tiene una dificultad notable para poder establecer liderazgos en la provincia de Buenos Aires y debe morir en Scioli, un advenedizo de la política, traído de la mano del menemismo, cuidado prolijamente por el duhaldismo y al que ellos mismos cuestionaban por su falta de formación política.

-Esta estrategia ¿les puede deparar un buen resultado electoral?

-Creo que no. Si los argentinos somos inteligentes, el 28 de junio tenemos una oportunidad maravillosa para darle equilibrio a un país desequilibrado, para llenar de senadores y diputados un Parlamento que ponga límites y que le dé a la Argentina algún nivel de previsibilidad.

-¿Cree que la Presidenta puede renunciar si pierde las elecciones?

-Este es un gobierno extorsivo. Es la típica conducta del extorsionador. El extorsionador te manda pruebas de vida a cambio de que cumplas con lo que te pide. Hoy, el Gobierno extorsiona diciéndoles a los argentinos: "¿No nos van a votar? Nos vamos a ir y prepárense para un dólar de cinco pesos". Y la gente empieza a pensar: "¿No serán el mal menor?". Por eso el voto tiene que ser muy contundente. Cuando el pobre vota con temor, vota con la panza. Cuando el rico vota con temor, vota con el bolsillo. Y necesitamos que todos voten con la cabeza. Un gobierno serio, ¿qué hace? Te pide el voto con señales concretas. Te dice "yo soy la garantía", pero porque resuelve el problema, no porque lo profundiza. Hay que destruir ese discurso extorsivo de Kirchner, hay que pulverizarlo en las urnas. La gente tiene que decir: "No me asustes más, voy a votar con libertad".

-En Córdoba, ¿compiten todos por ver quién está más lejos de Kirchner?

-Es mentira. Va a haber dos listas kirchneristas. Una es la que ha armado Schiaretti, con [Eduardo] Mondino a la cabeza. Esto habla de sus condiciones técnicas. El gobernador es como el director técnico de un equipo y ha empapelado Córdoba con un afiche con la cara de Mondino que dice: "Córdoba tiene un defensor". ¡Pero este partido lo estamos perdiendo 6 a 0! ¡Loco, meté un 9! Cuando hacés un cambio, ¿cómo ponés un defensor si vamos perdiendo 6 a 0 con la Nación? Y hay una lista extraoficial, supuestamente la más kirchnerista, con Patricia Vaca Narvaja, que no vive en Córdoba, que nació una vez en Córdoba y que vivió una vez en Córdoba. Una tercera lista es la del radicalismo, armada en la Casa Rosada por [Florencio] Randazzo y por [Oscar] Parrilli, que abortaron quince meses de trabajo que hicimos para llegar a un acuerdo serio con la UCR, que sigue manejada por Eduardo Angeloz.

-Mondino tiene un perfil antikirchnerista y es criticado por el Gobierno...

-Al lado le han puesto a Frankenstein, la Momia y Drácula. Entonces andá a hacer creer que ése no es el tren fantasma. ¿Quién se puede subir ahí? Desafío a que se juzgue la conducta de los legisladores nacionales por Córdoba. Votaron siempre lo que pidió el kirchnerismo, aun en los momentos en que Schiaretti se hacía el enojado.

-¿Por qué no lo quiere a Schiaretti?

-Es un pusilánime. Los cordobeses deberían haber tomado nota de quién era cuando gobernó Santiago del Estero. Les choreó hasta la siesta a los santiagueños. Es un pésimo administrador. Córdoba es la primera provincia que va a emitir cuasimonedas. Córdoba debe hoy 13 mil millones de pesos, lo que la vuelve casi inviable. Schiaretti es como Facundo Cabral cuando canta "no soy de aquí, no soy de allá". Uno no sabe de dónde mierda es, pero siempre cae bien parado.

-En el conflicto con el campo, Schiaretti tuvo un papel importante...

-Eso fue lo que se visualizaba desde Buenos Aires. Es el gobernador de la provincia más perjudicada por la resolución 125. Era un momento maravilloso para que el gobierno de Córdoba se parara ante la presidenta de la República y le dijera: "Usted nos está matando, está condenando a mi pueblo a vivir en la miseria". Por eso en Córdoba hay tanta ofuscación hacia Cristina y hacia Schiaretti: una por acción y otro por omisión han puesto al pueblo de la provincia en una situación delicada.

-¿Los mismos productores agropecuarios visualizan así a Schiaretti?

-Le han picado el boleto. Hoy, Schiaretti tiene menos palabra que Bernardo, el asistente mudo de El Zorro. No le cree nadie.

-El actual intendente cordobés, Daniel Giacomino, puso en duda la transparencia de su incremento patrimonial. ¿Usted se enriqueció con la política?

-A mí me tienen que denunciar por empobrecimiento lícito, no por enriquecimiento ilícito. Entré a la política con la misma casa, con el mismo estudio jurídico y con la misma cochera con la que me fui. ¿Usted cree que un tipo podría decir las locuras que dice Luis Juez si no tuviera la cola limpia? Le dije a mi mujer: "No te enojes, gorda, pero le vamos a poner cuatro rulemanes al bidet y voy a andar así". A mí me van a medir el traste como a nadie.

-¿Cuál es el rol actual de De la Sota?

-Cuando me preguntaron qué iba a hacer de la Sota cuando dejara el poder, dije: rico. Hoy está disfrutando de esa situación.

-Dicen que piensa lanzar su candidatura presidencial en 2011.

-No creo que tenga posibilidades, salvo como presidente de algún círculo de peluqueros. A De la Sota lo conozco de cuando los pelos que tenía eran propios, en 1982. Empecé a militar con él porque era lo más progresista que había en Córdoba dentro del peronismo. De la Sota es un fraude, alguien que, después de Angeloz, tenía todo para transformar la provincia. Con él me pasó lo que me pasa ahora con Kirchner. Una desilusión increíble. Tipos que son inteligentes, brillantes, preparados, pero terriblemente codiciosos.

-¿Cómo lo ve a Carlos Reutemann?

-A mí no me gustaba ni cuando corría en auto, así que se imagina...

-¿Es la gran esperanza del PJ?

-Tenemos que pensar en la gran esperanza para los argentinos. Porque el peronismo siempre va a encontrar una esperanza blanca que los salve. Siempre van a encontrar un tipo que está ahí, en boxes, preparado, le ponen un buzo antiflama y después cuando le sacás el casco vos decís: "¡Pero este es Niki Lauda! ¡Mirá cómo está quemado!". En este país tenemos que empezar a pensar en la Argentina. Por más que haga cincuenta años que nos vienen diciendo que si el peronismo se salva se salva la Argentina, está claro que los que se salvan sólo son los peronistas.

-¿Le gustaría ser presidente de la Nación? ¿Hasta dónde quiere llegar?

-Hasta el metro setenta. Es que soy petiso (risas). Me encantaría ser gobernador de mi provincia. Me encantaba ser intendente y lo disfruté. Me critican por mi gestión, pero agarré una ciudad en menos 10, y nunca dije que fuera Giuliani [Rudolph , ex alcalde de Nueva York], pero seguro que la dejé mejor que el intendente de Bagdad.

-¿Se hace alguna autocrítica de su paso por la intendencia de Córdoba?

-Por supuesto. Gobernamos más preocupados por lo que decían los periodistas que los vecinos. Y no se puede gobernar pensando en la tapa de los diarios. He sido muy bocón, y lo sigo siendo. Reconozco que tengo que ser un poco más mesurado, más tranquilo, pero si a los 45 años me privo de decir lo que pienso, ¿cuándo lo voy a decir? ¿A los 60? Algunos me desacreditan diciendo que soy un buen contador de chistes. El humor es una forma de comunicar.

-En Internet circulan más los "juecismos" que sus ideas. ¿Lo ayuda o se termina convirtiendo en una trampa?

-A la larga me termina generando un encasillamiento complicado. Algunos me juzgan por mis frases y me condenan por mis chistes, pero son incapaces de ver que esas expresiones están en un contexto, que si las sacás de ahí suenan nada más que como una frase risueña. Si te digo que a Menem le das la mano y te chorea un dedo, estoy diciendo qué clase de gobernante teníamos.

-¿Esa obligación de ser siempre gracioso es una carga para usted?

-Lo peor que te puede pasar es que quedes etiquetado. Tal vez es un problema de inspiración. Hay veces que quiero decir la expresión más científica y me sale una humorada. Y a veces quiero decir la boludez más grande y me sale como si fuera [Mariano] Grondona en arameo.

-Igualmente, es una forma por la que también lo critican mucho...

-No estoy dispuesto a cambiarla. No voy a caer en la locura de los que pretenden que para gobernar la provincia tengo que hablar con palabras esdrújulas como Angeloz, tener un rostro circunspecto como De la Sota o poner cara de enojado como Schiaretti. Soy así. Los humoristas dicen que les estoy arruinando el laburo. Todos hacen campaña para que sea gobernador: "Si no -dicen-, este negro se va a laburar a Carlos Paz y nos arruina".

Es cierto que Luis Juez podría ganarse la vida contando chistes sobre un escenario. Me reí mucho con sus ocurrencias, aun con aquellas que conocía porque circulan por Internet. Es que su acento y su forma de hablar son infalibles. Pero Juez también brindó algunos conceptos políticos claros y lúcidos, algunas ideas sensatas, que despejaron ciertos prejuicios que tenía sobre él. No habla con el cassette habitual de los políticos. Es sencillo, admite errores, dice que se comprometió a hablar sólo de los temas que conoce y a no ser políticamente correcto: por ejemplo, dice que lee sólo sobre Derecho Penal, que es su especialidad, y que le gusta la música cuartetera pero que nunca fue a un boliche porque no sabe bailar y le da vergüenza que lo miren. Se lo nota dolorido cuando habla de Giacomino, su ex amigo que puso en duda su honestidad. Lo que más me asombró es que confesara que es introvertido y que se quejara de que en todos lados le piden que cuente un chiste. Justo lo que le propuse que hiciera, sin éxito. Quizá los cordobeses lo hagan gobernador. Si no, que pruebe ser candidato presidencial. No vendría mal cambiar la crispación por la risa.

 

 

20060113 LN Critican en Londres el trato oficial a la prensa

The Economist, duro con Cristina Kirchner

En una nota titulada "La Presidenta y su marido ofrecen zanahorias y palos a los medios de comunicación", la revista británica The Economist cuestionó el trato del gobierno de Cristina Kirchner hacia las empresas periodísticas, criticó el manejo de la publicidad oficial y advirtió sobre las falencias del proyecto de ley de radiodifusión impulsado por el oficialismo.

"Los Kirchner se están volviendo expertos en la manipulación mediática", dice The Economist en un artículo publicado en la edición de ayer.

La nota relata que en mayo, cuando la Presidenta anunció que iba a cancelar deudas impositivas de cinco empresas de comunicación, explicó su "generosidad" con argumentos vinculados con el ejercicio de la libertad de prensa.

"Era un argumento majestuoso de parte de quien suele contestar bruscamente a las críticas de los medios", advierte el semanario británico, que recuerda que la Presidenta y su marido se han negado siempre a dar conferencias de prensa.

Según advierte The Economist , las cinco empresas periodísticas aceptaron pagar sus deudas dando espacio a propaganda oficial que deja muy bien parados a los Kirchner. "Esta forma de propaganda no es nueva en la Argentina, pero su crecimiento en tiempos de los Kirchner ha sido extraordinario."

Los cinco medios de comunicación que suscribieron el acuerdo son las emisoras América TV, Telefé y Canal 10 de Mar del Plata y los diarios La Gaceta , de Tucumán, y La Nueva Provincia , de Bahía Blanca.

El artículo recuerda, además, que en 2008 el gobierno central gastó 395 millones de pesos en propaganda, más de ocho veces lo destinado en 2003, y afirma que gran parte del presupuesto ampliado es utilizado para mantener "pequeños vendedores de noticias" en deuda con el Gobierno.

Ley de radiodifusión

The Economist recordó que la Corte Suprema de Justicia condenó en 2007 a la provincia de Neuquén por su manejo abusivo de la publicidad oficial.

La revista advirtió que "la conducta del gobierno federal no cambió" y sostuvo que la ley de radiodifusión que la presidenta Cristina Kirchner pretende que apruebe el Congreso no incluye límites a la politización del presupuesto destinado a la publicidad oficial.

El artículo considera que en algunos aspectos es necesario modificar la legislación actual, que permite la concentración de medios en muy pocas manos, pero considera "comprensible" la preocupación de la oposición por "una agencia, con poderes vagamente definidos, que los Kirchner crearían para implementar la ley propuesta".

The Economist dice que la Presidenta trataría de impulsar el proyecto de ley en el Congreso antes de las elecciones, "cuando se espera que pierda su mayoría en la Cámara baja", pero afirma que "el tiempo no está de su lado".

 

 

20090606 LN El deterioro institucional Por Arturo Vierheller (h.)

El visible deterioro institucional de la República, del cual el campo no está exento, es lo que genera la pérdida de la competitividad agropecuaria, que se manifiesta en la dramática reducción de la producción de trigo, de carne y lácteos, y amenaza con igual destino al maíz y a la soja.

Para poder entender lo que nos pasa, hay que mirar nuestra historia: fue nuestra fenomenal construcción institucional lo que posibilitó el despegue de la agricultura al primer nivel mundial: las bolsas de cereales, las cámaras arbitrales, las redes de contratos, los mercados de futuros y la cadena comercial granaria, formada por los acopios, corredores y la industria y exportación. En sus orígenes -y durante más de cien años- este sistema funcionó con espíritu conservador.

Naturalmente, hubo fallas en el comportamiento de algunos actores que fueron apareciendo en forma recurrente y, en la medida en que no se neutralizaron en el espíritu fundacional de estas instituciones, se fueron enquistando y comenzó el deterioro que ahora se ha generalizado.

Sólo a comienzos de los 90, cuando se quitaron las retenciones y se dio impulso a la biotecnología y a la siembra directa, nuestra producción dio lo que seguramente se puede considerar el salto cualitativo y cuantitativo más grande de nuestra historia. Sumergidos en el actual desánimo, pocos recuerdan cuál era la situación en esos años.

En ese momento, se instalaron en la Argentina todo tipo de empresas : semilleras, de insumos, de maquinarias, industrias alimenticias (las más grandes empresas del mundo no quisieron perder la oportunidad; ahora, muchas de ellas ya se han retirado).

En los noventa, desde la Secretaría de Agricultura y con la dirección de Felipe Solá, se puso en marcha una política triguera que, si el sector privado la hubiera acompañado, nos hubiera posibilitado seguir ganando mercados y generando mayores ingresos. Al entender que la mejor política triguera posible era la diferenciación de calidades, se lanzó el trigo "Plata" como producto estrella de la cadena -con todo su paquete de especificaciones de calidad- mientras simultáneamente se preparaba el camino para la importación de algunas líneas de trigos blandos blancos para la industria.

También por esos años se intentó modernizar el comercio de carnes a través de la diferenciación de cortes, iniciativa que tampoco pudo sostenerse en el tiempo y que ahora seguimos añorando.

Fue durante los noventa cuando, desde la Secretaría de Agricultura se intervino la pizarra de girasol porque no ofrecía las condiciones de transparencia que desde el Estado se entendía indispensable para el funcionamiento del mercado. También, en una oportunidad, fue la Bolsa de Comercio de Rosario la que hizo un apercibimiento a una empresa industrial oleaginosa por un problema con el precio del girasol.

De mal en peor

Las cosas han ido de mal en peor. El cuidado de las instituciones, especialmente de las que se ocupan de la formación de precios, siempre estuvo a cargo del sector privado a través de ese andamiaje institucional liderado por las bolsas de cereales. Pero el deseo de las industrias y exportadores por ganar plata por encima de los intereses de los productores y un sector primario que también pensó con la billetera sin defender a los más chicos nos trajeron hasta acá, y ahora es tarde. Hoy, otros ponen los precios por nosotros.

Es cierto que sobre el final de la década había un gran endeudamiento del campo y que el peso de la convertibilidad hacía la producción muy poco o nada rentable, pero no es menos cierto que poco tiempo después, y de la mano de la pesificación asimétrica, el campo fue uno de los más beneficiados con la licuación de esas deudas, que pagamos todos los argentinos -incluso productores agropecuarios- que no teníamos ninguna.

Tuvimos instituciones y también política agropecuaria. Pero no supimos cuidarlas.

El autor es productor agropecuario.

 

Editorial II

20090609 LN El precio del silencio

Tardíamente, dirigentes empresariales han advertido los eslabones oficiales de una cadena que estrangula la iniciativa privada cuando en pleno gobierno de Néstor Kirchner tomó estado público el avance del oficialismo sobre el Consejo de la Magistratura en perjuicio de la independencia del Poder Judicial, prácticamente no se oyeron condenas provenientes del ámbito empresarial. Parecía, según se llegó a señalar, una cuestión exclusivamente técnica, tal vez propia de abogados y constitucionalistas, pero aparentemente alejada del interés de la mayor parte de los empresarios.

 

Algo similar ocurrió durante esa misma gestión con las presiones del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, plagadas de intimidaciones, amenazas e insultos, dirigidos telefónica o personalmente a representantes de empresas nacionales o extranjeras. Más allá de comentarios confidencialmente susurrados por algunos de quienes fueron los destinatarios específicos de esas agresiones, se consintió con el silencio ese trato descomedido y brutal.

 

Algo parecido sucedió cuando el funcionario antes nombrado intervino en el Indec y comenzó una desgraciada era de falseamientos estadísticos, que por sus consecuencias trascendió las fronteras del país. Pero mientras los argentinos constataban con sus bolsillos la mentira que cada mes se dibujaba desde el Indec, el entonces líder de la Unión Industrial Argentina hacía malabares lingüísticos para no objetar, ante la requisitoria de los medios, aquellas cifras.

 

Líderes empresarios concurrían abigarradamente a cuanto acto eran convocados en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno y aplaudían con entusiasmo a la señora de Kirchner cuando, desafiante, enfrentaba la protesta del campo, que se convirtió, a poco andar, en la de la mayor parte de la ciudadanía del país.

 

En la misma línea de concesiones, fueron también pocas las voces empresarias, y menos incluso las del sector financiero, que objetaron la decisión oficial de manotear los fondos jubilatorios administrados por las AFJP, incautándose del ahorro de millones de argentinos que habían optado un año antes por continuar sumando sus aportes al sistema privado de capitalización.

 

Aquellos dirigentes empresarios no se percataron de que con ese paso el Gobierno no sólo dispondría de una caja suculenta para aceitar sus manejos políticos, sino que tendría la llave que luego le permitiría incorporarse a los directorios y, eventualmente, a las sindicaturas de las más grandes empresas privadas del país.

 

Hay numerosos ejemplos adicionales. Los casos específicos de lo sucedido con Aerolíneas Argentinas; con el opaco rescate de la papelera Massuh; con el avance burocrático y fiscal sobre el comercio de granos; con los superpoderes conferidos dócilmente por los parlamentarios del oficialismo al Poder Ejecutivo y reiteradamente prorrogados en una presunta emergencia que no tiene fin; con la arbitraria distribución federal de los recursos, y, más recientemente, con el anuncio de una peligrosa ley de medios de comunicación. Casos que no han merecido, sin embargo, mayores observaciones por parte de un empresariado que, en todo esto, eligió permanecer en silencio.

 

De pronto, frente a la nueva ola de estatizaciones por parte de Hugo Chávez, que afecta, una vez más, a empresas argentinas de primera línea y a la llamativa falta de convicción por parte del gobierno de los Kirchner para defender a esas empresas nacionales, pareció que los líderes fabriles comenzaron a despertar de su complaciente letargo.

 

Advierten ahora que todos los pasos del Gobierno que, considerados individual y aisladamente, no merecieron su juicio crítico no son otra cosa que eslabones de una cadena que conduce al estrangulamiento de la iniciativa privada. Es decir, al reemplazo paulatino de un conjunto de propietarios y ejecutivos de empresas que van camino de ser manejadas, directa o indirectamente, por una nomenclatura de burócratas o amigos del poder, que dicen encarnar a una "nueva burguesía nacional".

 

Por eso, a buena parte de la dirigencia empresaria argentina de nuestros días podría aplicarse aquel conocido pasaje que, aunque frecuentemente atribuido a Bertolt Brecht, correspondería al pastor alemán Martin Niemöller. Porque cuando desde el gobierno "vinieron" sucesivamente por los jueces, por el campo, por el sistema de estadísticas, por las jubilaciones, por el federalismo y por otros principios que hacen a la esencia de la República, buena parte de nuestros líderes empresariales callaron. De allí que hoy, cuando parecen "venir" por ellos, como advirtió Niemöller, son pocas las voces independientes que quedan para poder alzarse con la convicción cívica que quizá faltó en su momento.